Sobre el libro TIEMP∞ de Abdón Ubidia

Tiempo

Acabo de viajar en el tiempo. Maravillosa posibilidad que te brinda un libro. No fue, como suele ser, un viaje al pasado o al presente; sino al futuro. Por medio de once campanadas he ido y vuelto a testimoniar sobre mi viaje. He llegado y no me resisto a callarlo ni un segundo. Escribo desde mi tablet, aunque luego de este viaje me da la idea rupestre de estar cincelando un glifo. Sólo una vida reflexiva desemboca en las respuestas que plantea el libro Tiemp∞, vida de constante lectura y tiempo libre. Recuerdo cuando, Abdón —caminando por el parque del Retiro en Madrid— me contó lo significativo que fue el leer a Bachelard. No sin mala intención comprobó mis conocimientos de antropología y psicoanálisis (casi nulos), para luego explicarme la tesis principal de su nuevo libro que se iba a llamar Tiemp∞ —con el signo de infinito en vez de la ‘o’ me había dicho—. Por mi parte me quedé pensando días y días respecto del tiempo y el fuego, de las teorías de Bachelard y Ubidia; hasta que recibí un correo con el manuscrito del flamante —recién horneado— libro de Abdón. Me lo leí de un tirón, casi consciente de que era tan entretenido que se me fue el tiempo sin medirlo. Consta de once relatos que enfrentan al lector a uno de los grandes problemas que ha inquietado a pensadores y artistas a través de la historia. Lo hace con tal sencillez narrativa y nitidez formal que lo puede entender tanto el escolapio como el profesor.

Ahora, con el libro impreso en las manos, tengo la idea de que el diseño y la diagramación le dan un aire ligero y juvenil, con hojitas de colores, muestra de relojes coleccionables y toda la cosa. Al hablar de un libro leído, se hace un viaje al pasado, a los recuerdos y a las impresiones que nos dejó. Eso, básicamente, haré a continuación.

«¿Cuánto dura el presente?» es un capítulo de dos páginas que tiene la fuerza de un golpazo de campana (la primera), dejando reflexiones inasibles como el agua que se escapa sin detenerse por el sifón, llevándose el recuerdo de un amor imposible y maldito. La hora dos: «Distancias» da una visión de tiempo medida por el espacio que una pareja demora en recorrer la vida y la extensión física que separa la relación igualmente imposible como la del capítulo anterior y, por qué no, la misma. Así avanza el libro, jugando con el tiempo de personajes y lectores, entre máquinas fantásticas que predicen un futuro no muy lejano y el fracaso sus protagonistas. La sexta campanada «El tiempo elástico o ¿cuánto duran los deseos?» nos plantea la inquietud del tiempo medido por la vorágine y el ansia de poseer más de lo que se tiene; ¿cuánto nos demoramos en conseguir algo?, ¿lo conseguimos o nos rendimos antes?, ¿tiene sentido el desear siempre algo más?, son preguntas que responde la hora seis con cierta solvencia inquietante. Para este punto, el lector no cae en la cuenta de haber leído ya medio libro: otro juego del Tiemp∞ de Ubidia.

En el campanazo siete, uno comienza a sentir el dinamismo temporal que pudre las almas y las intenciones; el narrador nos presenta la historia de una decisión ética que se deja pervertir. Siguen dos horas tan cortas como cuando te diviertes tanto que el tiempo pasa volando. La última campanada —con la que llega el ocaso—, relata la vuelta al origen y el viaje en el tiempo. Especie de Benjamin Button y Viaje a la semilla, con la novedad del cambio en la psicología de los personajes que pasan de ser amantes a padre-hija y, posteriormente, abuelo-nieta. Tiemp∞ finaliza contemplando el futuro, poniendo al lector de cara a él: «Cuando los viajes en el tiempo se vuelvan frecuentes y masivos. Cuando cada ciudad disponga de un crono-puerto con gigantescas pistas de salida y llegada. Cuando los grandes amigos pacten encuentros en un siglo tal. Cuando los vagabundos del tiempo yerren por los milenios tratando de olvidar un momento atroz. Cuando programemos visitas a los tatarabuelos y a los tataranietos. Cuando viajemos a esos sitios que sabemos que ya no existen desde hace miles de millones de años como pasa con las simples estrellas remotas que vemos por las noches…» No pongo el final, para que los lectores de esta nota tengan la posibilidad de viajar por sí solos.

Abdón Ubidia (1944), ganador del Premio Nacional de Literatura Eugenio Espejo, es uno de los grandes escritores ecuatorianos vivos. Lector apasionado y erudito indiscutible, escritor de ensayos temáticos como La aventura amorosa y sus personajes, Un siglo del relato ecuatoriano; ha trabajado sobre cuento y poesía popular de su país. Dentro de la creación, ha publicado cuatro novelas entre las que destaco Ciudad de invierno. Tres libros de cuentos: Bajo el mismo extraño cielo, El palacio de los espejos y Divertinventos que va por el cuarto tomo: Tiemp∞.

Página de Abdón Ubidia: http://www.ubidia.editorialelconejo.com/

Por: Santiago Peña Bossano

AMOR DE SWANN Y ODETTE EN “POR EL CAMINO DE SWANN” DE PROUST

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El personaje proustiano se construye a través del tiempo. No percibo con certeza cuánto ha pasado desde el inicio de la segunda parte «Un amor de Swann» hasta el final. Pero, se presume que años; pues, solamente al final, el tiempo que demora Swann en reponerse y recordar a Odette con cierta tranquilidad es un año que han estado lejos. Swann aparece ya en la primera parte de Por la parte de Swann. Sin embargo, es un esbozo lo que vemos de él. Casi no se lo toma en cuenta, aunque se siente el interés del narrador por ese personaje, incluso llegando a identificarse desde el punto de vista afectivo femenino: el amor de Odette es para Marcel narrador el amor de su madre. El fin de «Un amor de Swann» parte del problema inicial. Odette quiere acercarse a él y a Swann no le llama la atención. Ella lo lleva a presentar en casa de los Verdurin que, en tanto personaje colectivo, también cambia la visión del narrador, de Swann y del lector; al final del episodio sabemos que usan “máscaras” y se los percibe como personas falsas.

En un inicio Swann aparece desinteresado ante las relaciones sociales (en tanto utilidad); simplemente las ve como mera herramienta para acercarse a las posibles damas de la aristocracia en otros lados. El narrador lo describe de la siguiente manera: «pertenecía a esa categoría de hombres inteligentes que han vivido en la ociosidad y buscan un consuelo y tal vez una excusa en la idea de que ofrece a su inteligencia objetos tan dignos de interés como los que podría ofrecerle el arte o el estudio, que la “Vida” encierra situaciones más interesantes, más novelescas, que todas las novelas juntas». Aparece como un casanova, como si lo que más le importase en la vida fuera la recolección de amantes y que, para ello, usa todas las posibilidades. El primer cambio en el personaje es cuando conoce a Odette.

La visión proustiana de la vida tiene completa relación con el arte. En este episodio es la música la que toma relevancia respecto de las demás expresiones artísticas. Cuando habla de la Sonata para piano y violín de Vinteuil expone las teorías respecto de la apreciación verdadera del Arte de los conocedores y de la originalidad del artista: «¡Ah! Es lo que se dice una obra grandiosa, ¿verdad? No es de las que hacen furor: hay que reconocerlo. Pero a los artistas les causa una impresión inmensa». El episodio de la Sonata de Vinteuil que es la metáfora del amor de Swann y Odette. Al final, la reconoce como «¡Un ave maravillosa!»; para luego llegar a la conclusión: «A partir de aquella velada, Swann comprendió que nunca renacería el sentimiento que Odette había experimentado por él, sus esperanzas de felicidad ya no se materializarían». Asimismo, el cambio en la percepción de Odette —que al inicio le parece completamente opuesta a sus gustos— se da a partir del arte mismo, de la música al relacionar los recuerdos con la sonata de Vinteuil y la imagen de Odette con la Sephora de Botticelli que, por estética, le recordaba el cuadro y, en sí, todo el arte renacentista.

El personaje de Odette es presentado desde la subjetividad de Swann: «el rostro de Odette parecía más delgado y saltón porque la superficie unida y más plana formada por la frente y la parte alta de las mejillas estaba cubierta por la mata de pelo que entonces se llevaba peinado hacia adelante y realzado con rizos postizos, extendido en mechones sueltos a lo largo de las orejas y, en cuanto a su cuerpo, admirablemente bien formado, era difícil —por culpa de las modas de la época y pese a que era una de las mujeres mejor vestidas de París— percibir su continuidad (…)» Las descripciones aparecen como diálogo de pensamiento indirecto que se introducen en la narración. Odette se interesa por Swann y a él lo contrario: «A cualquier hora del día o de la noche en que le venga bien verme, mándeme a buscar y tendré mucho gusto en acudir presurosa» o «Si hubiera usted olvidado su corazón, no le habría permitido recuperarlo», frase que recordará para atormentarse en medio del sufrimiento posterior. La narración nos permite sentir lo que el personaje sintió. En ese momento, el lector, siente indiferencia por Odette, luego sentirá un ligero cariño o empatía por las mismas descripciones empleadas por el narrador y, al final, conmiseración de Swann y un repudio a la maldad de Odette.

En medio del proceso que acabo de describir, Swann cambia varias veces. Al inicio menciona: «Ya no se recibían nunca cartas de él en las que expresara su deseo de conocer a una mujer»; lo que significó haber dejado, por Odette, su modus vivendi. Cuando se enamora de ella, hay cambio incluso a nivel de lenguaje: «Al notar que en muchos casos no podía hacer realidad los sueños de ella, Swann procuraba al menos no contrariarla, no oponerse a aquellas ideas vulgares, a aquel mal gusto que tenía en todo y que, por lo demás, él apreciaba como todo lo que procedía de ella (…)» Desde un punto de vista personal, me resultó interesante conocer la vida elitista y esnob de los conflictos entre los grupos de gente con dinero en los que convive Swann y a los que perteneció Proust.

El personaje evoluciona de manera pausada, como si el tiempo de la narración fuera el preciso para mostrarnos los cambios en determinadas páginas. Cuando se enamora Swann, comienza a sentir el lector un cosquilleo que premedita el fracaso del personaje: «Si le encantaba la visión de un arbusto o de un joyero, al instante pensaba en enviárselos a Odette, al tiempo que la imaginaba experimentando el mismo placer que él y queriéndole más (…)». Estos cuidados extremos o galanteos desesperados del enamorado causan efecto contraproducente en la amada: «Llegó a su casa hacia las once y, cuando se excusó por no haber podido llegar antes, ella se quejó de que fuera, en efecto, muy tarde y no se encontrara bien con la tormenta, le doliese la cabeza, y le avisó de que no iba a retenerlo más de media hora, de que a medianoche lo despediría y, poco después, se sintió fatigada y deseosa de irse a la cama». Al final de la segunda parte, sabemos que esos lapsus en que Odette se ausenta serán momentos en los que traiciona a Swann. Pero, como lo mencioné, el lector sabe lo mismo que el personaje, por lo que va sintiendo con él la incertidumbre, los celos, la impotencia ante la maldad femenina y demás.

Los personajes cambian en tanto subjetividad perceptiva, pero también físicamente: «Físicamente, ella estaba pasando por una mala fase: engordaba y el encanto expresivo y doliente, las miradas de asombro y soñadoras que en otro tiempo exhibía, parecían haber desaparecido junto con su primera juventud. De modo que había llegado a ser tan querida para Swann en el preciso momento, por decirlo así, en que le parecía mucho menos linda».

Lo que relata el episodio son los cambios en la persona durante la letanía amorosa de Swann. El lector siente la impotencia de Swann para alejarse de Odette, y presume, muy en el fondo, que ella no es tan buena como él piensa. El cambio de la figura de Odette viene por asimilación lectora, no por declaración explícita de la narración; los acontecimientos de desamor de la pareja y cómo se niega a ver la realidad. Lo importante en Proust radica en que saca la idea exteriorizable para todos: «Había días incluso en que no lo atormentaba sospecha alguna. Se creía curado. Pero la mañana siguiente, al despertar, sentía en el mismo sitio el mismo dolor cuya sensación había como diluido, durante la víspera, en el torrente de las impresiones distintas», es decir: ¿a quién no le ha pasado lo que acaba de describir Proust?

Aunque los Verdurin ya no admitían a Swann, el ingenio de éste era apreciado en Guermantes del cual se había alejado por Odette que es la promesa de otro tomo de En busca del tiempo perdido. Por otro lado, la neurosis obsesiva de Swann le lleva a conjeturas dispares y, la propia lógica, desemboca en el alejamiento por despecho un poco por convicción, un poco por la carta y los recuerdos.

EUGENIO ONEGUIN de Alexander Pushkin

pushkin-aleksandr-505.siEl origen del hombre superfluo ruso está en el Eugenio Oneguin de Pushkin. Libro que relata los momentos de conversión del personaje desde indiferente hacia cansado. Pushkin será el precursor de toda la tradición del antihéroe superfluo. La obra es un poema largo con estructura de novela, por ello los versos serán quienes narren la historia del adolescente Evgeny. Byron —no tanto Baudelaire— influye en Pushkin al momento de crear su personaje: «muy a la moda el peinado, galán cual dandy londinese»; Mijail Chílikov menciona que «[el] petimetre ruso por el dandysmo inglés data [del] primer decenio del siglo XIX. A diferencia del petimetre del siglo XVIII cuyo modelo era el parisino». Según Chílikov, el dandy parisino cultiva la gentileza refinada, el arte de la discusión de salón y la sabiduría ilustrada; mientras que el inglés, un chocante descuido de las formas y una gran impertinencia en el trato.

El poema es un constante describir a Oneguin y los acontecimientos alrededor suyo. La voz poética, sin duda, pertenece al mismo Pushkin que abiertamente lo expone en varios fragmentos. Resulta interesante la ficcionalización del autor: Pushkin conviviendo y compartiendo el spleen con su creación Oneguin; ambos, hastiados y lentos, mantienen conversaciones sin importancia y recuerdan un pasado que en común dejaron lejos. Parece ser que Eugenio Oneguin es una novela con mucho peso autobiográfico.

Evgeny tiene más spleen al inicio que al final de la novela. Pushkin crea un personaje leve, que no es el más erudito de la historia y, aunque podría ser una suerte de don Juan, tampoco triunfará en ese aspecto, un personaje que se cansará de absolutamente todo. Como si todo lo hiciera a medias, Eugenio, «tenía un don muy apreciable el de hablar de cualquier cosa en los coloquios no profundos, callar con aire entendido en las disputas eruditas y suscitar con epigramas gentil sonrisa de las damas»;  especie de camaleón, se camufla entre intelectuales sin ser notado. Falso erudito que conoce latín cuando ya nadie lo hace y estudia a Adam Smith. Pero, todo aparece a medias en Oneguin, en nada se ha fortalecido ni especializado, su aprendizaje proviene exclusivamente de su nivel sociocultural. Da la impresión de que lo auténtico en él es el talento en «el Arte Amoroso que el gran Ovidio cantase»; en lo que, al final del poema, también fracasa.

El fracaso de Oneguin, sin embargo, es producto de su orgullo. En determinado momento, el spleen se extiende hasta al amor. El personaje tomará una posición tajante respecto a los sentimientos, volviéndose indolente e indiferente a cortejos y, aunque la carta de Tatiana remueva algo su interior, la visión del amor de Eugenio es completamente pesimista: «por mucho que a usted le amara / le dejaría de amar, / acostumbrado al sentimiento; / usted entonces lloraría / sin ablandarme; al contrario, / sus lagrimas me enrabiarían».

Si al inicio exclama respecto a las mujeres: «cuánto me embriagan, ya ocultas / por el mantel de una mesa, / ya sobre el tierno terciopelo / del verde prado o junto al fuego / de chumenea o sobre el suelo / de un salón o junto al mar, / pisando rocas de granito», el fácil alcance donjuanesco, se tornará en su contra aburriéndolo. Ese será el nudo de la historia por donde Pushkin termina la novela, olvidando lo indolente y superfluo que era su personaje.

Es común encontrar a Eugenio en cama hasta tarde, precursor del prototipo de personaje gandul ruso, Oneguin es el primer oblómov, aunque las razones sean distintas, pues el de Pushkin pasa su vida de baile en baile y es por eso que se levanta pasado el medio día. Siempre está rodeado de lujo, las descripciones de los espacios y los alimentos son suntuosas: «le sirven trufas deliciosas, / manjar de la cocina gala / (…) / roast-beef con sangre humeante / foie gras traído de Estrasburgo / y, junto al oro de la piña, / el queso tierno de Limburgo». Sin embargo, luego de los excesos del personaje, el espacio se vuelve estático y, tanto Eugenio como la voz poética, no salen de sus aposentos; el silencio se presenta en la obra en contraste de la fiesta de versos anteriores.

En la estrofa XXXVII comienza el cambio del personaje que siente algo parecido al spleen, «el ajetreo del gran mundo / ya lo tenía fastidiado; / mujeres bellas ya dejaron / de ocupar sus pensamientos; / ya se sentía fatigado / de traiciones (…)». Desde ahí, siente fastidio por todo lo que pasa a su alrededor, la lectura le da hastío, aburrimiento, por lo que intenta escribir, «Mas el trabajo tesonero / le fastidiaba, resultando / su pluma estéril», dato que retomará el Oblómov de Goncharov.

En la misma estrofa, la voz poética y Eugenio son amigos, reflexionan sobre el pasado, ambos con desdén. Oneguin es descrito como hipocondríaco; enfermedad que, poco a poco, se apodera de él: «Andaba la hipocondría / tras suyo siempre como sombra / o como fiel mujer celosa» y se instala en lo cotidiano que mucho pertenece a la tradición de los indolentes y superfluos: «Las caminatas, la lectura, / el sueño quieto, el susurro / de los riachuelos, la umbría / de bosques, una que otra vez / un beso cálido y fresco / de alguna moza ojinegra, / un brioso y dócil alazán, / un buen almuerzo, un vino fino, / la soledad campestre: así / de recogida y casi santa / la vida era de Oneguin. / En la molicie sumergido, / perdió la cuenta de los días / del cálido verano; nunca / se acordaba del gran mundo, / de la ciudad, de los amigos, / del tedio que le producían / las diversiones de otrora». El personaje desemboca en la sinrazón de vivir, pero por más existencial que suene, no lo es del todo, pues para Pushkin, este estado es consecuencia de la falta de amor.

En la última estrofa, Pushkin, retoma lo que dejó plantado en la primero: la fiesta. El resto de la novela ha sido pura digresión, se entretuvo con las piernas esbeltas de las mujeres y luego con muchos acontecimientos que dilatan la novela en prosa y la bifurcan, la distraen de su centro. La voz poética menciona «[las] traiciones de antaño / me enseñaron a enmendar / los yerros de mis juventudes / y a limpiar de digresiones / la quinta parte de mi obra» y aunque lo diga no es así, porque más de media novela pasa sin hablar de Oneguin. Lo superfluo —lo que nos importa—, es Eugenio en la fiesta, imperceptible, invisible, como una presencia menos que un fantasma. Superfluo cuando la voz poética se pregunta «¿quién será aquel extraño / que permanece taciturno / en medio de esa muchedumbre?» y claro, es nuestro héroe. Al final, Eugenio, se enamora de Tatiana (a la que antes había rechazado) y, siendo esta vez rechazado él, volverá a leer «todo cuanto caía en sus manos», volverá a vivir por ella y por el amor que lo sacude. Al igual que la tradición que parte de Eugenio Oneguin, al personaje no le queda otra opción más que fracasar, incluso en lo que antaño era perito.

¿TE IMAGINAS UN MUNDO SIN TESIS?

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Terminar la tesis es sentir el aire ligeramente más liviano. Salir del estado de latensia y abrir los ojos a un mundo olvidado por meses. La luz del sol es más radiante y el viento más fresco, la caminata más libre y el asiento más cómodo. Se activan los pulmones y sientes —como antes— los olores de la primavera, de la mierda o del sobaco: los disfrutas, los extrañabas. Inevitablemente una sonrisa se pinta en todas las caras, te vienen ganas de abrazar al enfermo y hacer las paces con el enemigo (no siempre el profesor). Dejas de hacerte las preguntas cotidianas: ¿cómo es posible recluirte varios meses por algo que a nadie le importa?, ¿por qué no elegí algo más sencillo? Nada de eso incumbe una vez culminada. Importa la cerveza de esa borrachera anhelada —el arquetipo de borrachera como lo dirían en las aulas— que marca el fin de los estudios y que es más valiosa que todo el “conocimiento” adquirido en cualquier universidad de cualquier parte del mundo.

Madrid, 24 de mayo de 2015

Santiago Peña Bossano

LOS QUE VENDRÁN, antología de nuevos cuentistas ecuatorianos

Los que vendrán

Que no existen genios inéditos, me dijo un día uno de mis maestros de taller literario. Esa era su manera de impulsarme a publicar; pero yo seguí, testarudo, por algunos años más y por razones propias, escribiendo sin publicar nada. Entonces, me pregunto, ¿y los noveles? Que no por noveleros deben dejar de presentar sus textos; por estos lares no llegan a los lectores porque para reunir cuentistas y antologarlos como en esta muestra, se acostumbra que los elegidos ya estén muertos; o, lo que es lo mismo, agobiados bajo el inmenso peso de los laureles.

El Ecuador escribe y mucho. Y su escritura joven es vasta. No me refiero a los adolescentes escritores, que estoy más que seguro debe haber por bandadas, si no a aquellos que sin mayor experiencia, escriben, sí, pero publican poco o nada. ¿Tendrán la oportunidad un día? Al hablar de escritores jóvenes o noveles, no nos referimos a sus edades, sino más bien, a su novedad en el ejercicio de la ficción literaria. Sabido es que estamos en una tierra que poco se atreve y no apuesta sobre lo nuevo, y, mientras siga siendo así ni la literatura ni ninguna otra expresión del arte podrá despegar para ser mostrada. Aquí hemos tenido Fe.

Sí, hablo de Fe con mayúsculas y casi que la pongo con tilde, porque es como la del astrofísico que sabe que el fotón es la partícula con la que viaja la luz aunque no podrá verla nunca. Nosotros, Los que vendrán, sí sabemos quiénes están tras estos veintitrés cuentos. Cuatro mujeres y doce varones, casi todos noveles en edición y jóvenes en producción creativa. ¿Buscamos esta coincidencia? Así es y se presentaron algunas más, por eso los hemos agrupado en tres cuerpos y un apéndice.

Tenemos cuentos que nos hablan de Lo Urbano, Lo Fantástico y Onírico, Interiorizaciones y Extravagancias, más uno solo, tan solo y seco que le creamos el apéndice De las Soledades… Todos sin diferencia de género o temática, parecen alinearse en un tono narrador similar, fíjese que no digo parecido o igual, veo que los autores crecen en un mismo espacio aunque no se toquen ni conozcan y las voces que crean para contarnos sus historias son hijas del mismo tiempo; lo mismo ocurre en la selección de las anécdotas, que serán contadas con distancia desde una tercera persona, desde un testigo que no juzga pero da su testimonio. Pocos optan por la primera persona y protagonista, como en el caso de Aguajes y sequías y Replay, contados desde voces femeninas o Lobo y Autos asesinos del mismo autor que quiere darle un tono más verosímil a la narración desde lo individual y auto vivencial.

Así, Los que vendrán es una antología que nos lleva por anécdotas y temáticas contemporáneas, hasta en la manera de contar leyendas fantásticas, lo hacen sus autores como se cuenta ahora, a lo Underworld: manejan imágenes cinematográficas y las metáforas visuales como si la palabra y las voces fueran cámaras en un set ambientado para deleite del espectador, para acortar las distancias entre lector y protagonista, para engancharnos rápido y ponernos del lado de la historia y sus personajes; como en Plastilina o Circunferencia o Luna de mercurio, cuentos en los que sus protagonistas nos encantan por su locura o estado alterado de conciencia. Como en La foto, Ni cuando mami murió o El rostro completo, en los que nos enternece la máscara de la muerte o del recuerdo muerto, que es lo mismo. La técnica al servicio de la emoción. Los que vendrán también maneja un buen grado de sensualidades, y no sólo a nivel de anécdota, sino de sus atmósferas, como veremos en Bailoterapia, Zape gato negro, El técnico u Open de window tu fly la mosca; ambientes, de espacios y tiempos donde todo es sensación y sentido, triple sss, políticamente correctos. Y ni decir de las venganzas donde el estilo vuelve creíble la realidad maravillosa, ya nada sorprende por lo sorprendente sino por cómo se nos está contando, no me crean hasta leer San Patricio, Taxo y adobe, Estrategias, Tóxico. Y ya que he recomendado Los que vendrán por su forma: en la mayoría de los casos con textos cortos que no superan las tres páginas, ágiles, no por cortos sino por vertiginosos: Te extrañamos, ee, Campaña para incentivar la lectura y La pala no tenía que caer, explosivos por sus resoluciones y definitivamente nuestros, no por ecuatorianos, sino por humanos: De perros y gatos; debo también señalar el fondo que todos ellos llevan en su subtexto, pero que nos revela una enorme masa bajo la punta del iceberg.

Por: Juan Carlos Cucalón del Campo

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Los escritores antologados son: Roberto Almendáriz, Milton Benítez, Fernando Cáseres, Miguel Antonio Chávez, Kerwin Díaz, César Eduardo Galarza, Sebastián Galarza, Mariela Morales, Santiago Peña Bossano, Silvia Pérez, Roberto Proaño, Fausto Quiroz, Roberto Ramírez Paredes, María Antonieta Santillán, Silvia Stornaiolo y Steven Wells.

SOBRE BROOKLYN FOLLIES DE PAUL AUSTER

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La primera vez que leí a Paul Auster fue a los dieciséis años. Mi primer acercamiento a la literatura del norteamericano fue El palacio de la luna; como recuerdo, puedo dar fe de que algo había entre sus páginas, algo inasible que no alcancé a vislumbrar y que lo resumí (de manera impresionista) como “un buen libro”. Han pasado ocho años desde entonces y, un poco con vergüenza, confieso que no volví a leer nada de Auster hasta Brooklyn Follies que es el texto del que voy a hablar a continuación.

La historia en general es un reencuentro con el pasado desconocido. El personaje vuelve a morir al lugar donde nació y vivió hasta los tres años. Hay dos textos paralelos en principio. El acto de creación, es un viaje a los recuerdos del personaje principal que, con humor, lo entremezcla e intercala a la narración. Y no solo en tanto historias, también desde el punto de vista temporal, los saltos al pasado (o analepsis) están en constante digresión de la historia “presente”. Los cambios de dirección de la anécdota son inesperados. Otro espacio narrativo es el del libro de Nathal: Libro del desvarío humano; en el cual, de vez en cuando, nos lleva al espacio del recuerdo ficcionado. Y por más que el personaje sea un escritor, su relación con la literatura no es tan seria como olvidadiza. Los espacios en Brooklyn Follies están llenos de libros, y el “espacio físico” del libro también, pues las narraciones de las páginas tienen muchas referencias a escritores como Poe, Witchestein, Thoreau.

En tanto estructura, llama la atención el capítulo “Cenando y bebiendo”, donde Auster emplea el diálogo teatral, lo que quiere decir que el tiempo se dinamiza y concretiza a lo que duraría la conversación en la realidad. Otro empleo temporal es cuando el recuerdo se disgrega dilatado en la narración mientras el personaje, por ejemplo, espera que conteste una llamada; es como un narrador omnisciente que se entromete en lo que está contando Nathal.

Auster tiene mucho apego a la novela negra. En Trilogía de Nueva York podemos ver esta tendencia. También en Brooklyn Flollies que toma un giro de tinte policiaco en busca de Aurora, la madre de Lucy. Es característica en algunos libros de Auster, la reivindicación del azar imposible, de las coincidencias inverosímiles; no solo en Trilogía de NY y Brooklyn Follies, sino también, y sobre todo, en El cuaderno rojo, donde se nota esta tendencia a la que el lector se acostumbra, dejando de ser un error. Hay elipsis durante todo Brooklyn Follies; el relato se basa en lo inesperado y en una retahíla de coincidencias que a fin de cuentas no chocan lo verosímil.

Otro espacio aparece respecto a lo excluido de los personajes David y Aurora, quienes huyen de la ciudad y se entregan a una vida puritana y absurda extrema, dirigida por una religión de pocos seguidores. Este espacio representa la pureza de lo rural, opuesta a la perversión de la ciudad, de Nueva York o Broklyn, que son el centro del mundo y del pecado. Pero el capítulo de Aurora con el reverendo muestra lo contrario y es una crítica a todas las nuevas religiones lobotómicas que están de moda en Estados Unidos.

Al final del libro el dinamismo propio de la narración toma un impulso de carrera que lleva a acontecimientos sueltos y que pretende resolver o hilar de manera brusca y rápida. El tiempo había transcurrido dentro de la historia, pero al final se le escapa la madeja y parece atar cabos sueltos para finiquitar la historia de manera poco razonable; no con ese aire propio de arquitectura bien pensada, sino con ese ímpetu del carrerista que quiere terminar la última vuelta.

Hay que mencionar que la enfermedad que tiene el personaje es una enfermedad moderna: cáncer. El final de la novela transcurre en un hospital, también de paso como puede ser una parada de autobús. La camilla es el símbolo de lo pasajero, al igual que el hospital. En el capítulo final La cruz marca el lugar la temporalidad o contextualización histórica que hace Auster es abrupta y fuera de contexto. Tiene que ver con el halo de muerte final, pero el hecho de terrorismo en Nueva York es algo que solo serviría para saber la temporalización del relato y más bien es arbitrario.

Santiago Peña Bossano

CIENCIA DEL ENAMORAMIENTO

Ahora que se ha enfriado el tiempo de San Valentín puedo hablar libremente del amor. Desde siempre el hombre se ha preguntado: ¿Qué rige la conducta amorosa? ¿El enamorado ‘actúa’ con el corazón o con el cerebro? ¿Por qué personas ‘inteligentes’ hacen barbaridades estando enamoradas? La respuesta no es fácil; médicos, psicólogos, filósofos han gastado tiempo y meditaciones sobre el tema…, les invito a un pequeño recorrido por algunas teorías interesantes sobre el Amor.

Cuando decimos que el enamorado no razona, mas bien actúa con el corazón, no estamos lejos de una teoría del amor. Empédocles, propuso que el corazón es el principal coordinador de los procesos mentales; opuesto a él, Alcmeón, que es el cerebro. Ambas hipótesis (cardíaca y cerebral) suelen asociarse a la actitud de las personas en las relaciones de pareja. El amor comienza con la atracción que es la actitud positiva o negativa hacia el otro. Sentimos atracción por un amigo, potencial pareja o familiar; empieza cuando nos sentimos bien con alguien, cuando asociamos a esa persona con momentos gratificantes o sentimientos positivos y, muchas veces, compartimos intereses comunes.

La teoría del apego propone que las relaciones amorosas parten de la primera relación madre-hijo. Reconozcan este cuadro: un niño de dos años se le separa de su madre; al inicio protesta, llora y la busca, después esta reacción se entremezcla con pasividad y expresiones de tristeza para al final ignorarla, evitando a su madre cuando regresa. Si cambiamos al niño de dos años por un o una adolescente de quince y la ausencia de la madre por la ausencia del ser amado, tenemos completo el cuadro que plantea la teoría del apego. Para ellos, la relación con la madre en la primera infancia sienta la base para las relaciones interpersonales durante toda la vida. Pero nosotros no elegimos cómo se portará nuestra madre, por lo que esta teoría nos ubica en una posición potencialmente trágica. Para Hazen y Shaver es la experiencia vivida en la primera relación amorosa la que determina el comportamiento y las actitudes que el individuo tomará en las posteriores; posición igualmente trágica que la anterior, porque cuando uno se enamora por primera vez, no es consciente de los ‘peligros’ del amor.

Es indudable que el elemento principal en las relaciones es la comunicación; la Escuela de Palo Alto en California, la divide en análoga y digital. La comunicación análoga es la no verbal, instintiva, respuestas que no se controlan como ponerse rojo ante un halago; mientras que la digital, es la verbal, se puede fingir y usarla para determinado fin, como en la adulación. Para una adulación exitosa se debe analizar al sujeto, conocer sus intereses (no los nuestros), sus gustos particulares y alabarlos; pero hay que tener en cuenta que la adulación no funciona cuando se abusa de ella, si el adulado presiente falsedad en las palabras, se desbarata el hechizo.

La hipótesis del acoplamiento físico propone que las personas buscan parejas que se asemejen a su aspecto físico, alguien que esté ‘al alcance de las posibilidades’ o que tengan mayor probabilidad de aceptación; en cambio la hipótesis del acoplamiento general considera que son más importantes las similitudes sociales. Pero ustedes dirán: ¿y esas mujeres jóvenes y hermosas que están con viejos horribles? Berscheid, Walster y Bohrnstedt mencionan que puede haber intercambio de cualidades, el ejemplo clásico es: belleza por dinero.

Robert J. Sternberg desarrolló en 1986 la teoría factorial del amor. La estructura básica del amor está compuesta por tres factores: factor intimidad, factor pasión y factor de decisión de compromiso. La intimidad es la proximidad de la pareja, la conexión existente; consiste en comunicar los sentimientos, compartir las posesiones, apoyo emocional. La pasión es el impulso sexual que comparte la pareja, la atracción física; se expresa abrazando, besando, acariciando al sujeto. La decisión de compromiso tiene que ver con el tiempo que la pareja quisiera estar unida en la relación; se expresa mediante fidelidad, estando en momentos difíciles y en el matrimonio. De la combinación de los tres componentes, propone Sternberg, surgen los tipos de amor: simpatía (sólo intimidad), loco de amor (sólo pasión), amor vacío (sólo decisión de compromiso), amor romántico (ausente la decisión de compromiso), amor de compañía (ausente la pasión), amor necio (ausente la intimidad) y amor consumado (todos los factores presentes). Un buen ejemplo de amor romántico es Romeo y Julieta. El amor de compañía es el clásico matrimonio donde no hay más atracción física. La simpatía es la relación de amigos.

Pero entonces ¿cuál es el móvil del amor? ¿es puramente químico, fisiológico o tiene una fuerte determinación psicológica? ¿Influye, como proponen los psicólogos sociales, el entorno? Pelee y Bradsky comparan el sentimiento del amor con el de la adicción y suena razonable. Sin embargo, este problema es tan difícil de determinar que ni los científicos durante la historia han llegado a un común acuerdo. Platón resolvió el dilema con lo que actualmente se conoce como la búsqueda de la ‘media naranja’, una visión esperanzadora; pero ¿qué tal si no es más que un velo que nos pone la naturaleza para procrear y, como medita Schopenhauer, «sólo se trata de que cada macho se ayunte con su hembra»?, tampoco es una idea del todo descabellada.

Santiago Peña Bossano