La tragedia griega

La serpiente que ciñe el mar y es el mar,
el repetido remo de Jasón, la joven espada de Sigurd.
Sólo perduran en el tiempo las cosas
que no fueron del tiempo.
Jorge Luis Borges, Eternidades

 

La cultura occidental actual es el resultado, desde un punto de vista determinista, de lo que fue la cultura griega. Karl Marx menciona que Grecia es la infancia de la humanidad[1]. Esta aseveración de Marx presupone una visión eurocentrista de la historia del hombre; más acertado, aunque tal vez no tan preciso, sería declarar que es la infancia pero de la cultura occidental. Esta visión de centralizar y, apartir de eso, generalizar se relaciona también con la grecia antigua. Uno de los documentos al respecto son sus mitos, más precisamente la Odisea de Homero. «Allí hacen acto de presencia pueblos declaradamente hostiles para los viajeros, como los gigantescos y despiadados Cíclopes o los violentos Lestrígones, espantosos mounstruos siempre dispuestos a devorar a los marinos que caían en sus garras como las espeluznantes Escila y Caribdis, lugares tenebrosos como en el que moraban las engañosas Sirenas (…)»[2]. Así parecería ser que para los griegos mientras más se aleja de su centro, Delfos que era considerado el ombligo del mundo,  más bárbaros se vuelven los demás; esto, como veremos más adelante, se relaciona con las tragedias, en especial con Medea y Agamenón. A pesar de ello, los griegos tenían mucho aprecio por algunas culturas extranjeras, Gómez Espelosín escribe que reconocían la existencia de una cierta sabiduría bárbara de los celtas los indios, los persas. Además no se puede olvidar la gran influencia tanto de Mesopotamia de donde parte el mito griego, ni de Egipto donde los más grandes filósofos iban en busca de sabiduría. El elemento de sobremirar la otredad, acerca del que refiere el inicio del párrafo, es un rasgo innato del ser humano, tal como también el identificarse con algo o alguien, del que refiere las últimas líneas de la anterior oración.

La evolución del arte de la escritura en la antigua Grecia parece estar bien marcada. El punto de partida es el mito que se transmitía oralmente a través de la épica —como características de este género tenemos la narración grandilocuente del mito y primacía del mundo externo del creador—, como una tradición cultural donde el ritmo de los versos servían como herramienta mnemotécnica. El siguiente eslabón ocurre en el siglo VI a.C, cuando Pisístrato ordena recoger por escrito la Ilíada y la Odisea. La poesía —que a diferencia de la épica busca el mundo interno, subjetivo del poeta— es el siguiente peldaño en el mismo siglo de la recolección de los libros de Homero. La oralidad fue complementada con la escritura y el canto, éstos son llevados a un siguiente nivel: el drama; que, a diferencia de su tradición anterior, busca representar la ‘conciencia del otro’. En el género dramático lo que importa es representar los mitos antiguos —este género no consistía sólo en entretener, sino también producir una renovación o purificación a partir de la katharsis de la que habla Aristóteles en su Poética— a partir de diálogos y actuación como homenaje a Dionisos, dios del vino, de la agricultura y del teatro. Éste género se relaciona con el origen etimológico de la palabra persona, πρóσωπον (prósôpon) que quiere decir máscara. En los ritos para Dionisos se usaban máscaras de animales, en el género dramático la máscara —se usaba máscaras representativas de personas— tiene otra función, pero viene de esta tradición ritual.

Los tragediógrafos que conservan obras en la historia de la literatura son: Esquilo, Sófocles y Eurípides. Los comediógrafos son: Aristófanes y Menandro. Establecer un orden jerárquico sería algo inapropiado, más que nada se debe destacar la influencia que los tres primeros han tenido en la obra de sus contemporáneos y entre ellos mismos[3]. El hecho de que algunas de las mejores tragedias de cada cual sean premiadas con el segundo o tercer lugar, cuando parecería al lector que sin duda merecen el primero, hace pensar que existían elementos políticos y sociales al rededor de los premios. Muchas veces los premios más que a los tragediógrafos se daba a los coregas; vale la pena señalar que el extremadamente rico y popular Nicias fue a menudo corega, pagando el montaje de la obra, y nunca fue derrotado. El ejemplo más claro de impedimento social y político es lo que sucedió con Medea de Eurípides, que obtuvo el tercer lugar y al parecer general es la mejor obra que compuso. Luz Conti menciona que Eurípides se sirve de un mito muy conocido para plasmar el conflicto entre el impulso racional y el compromiso social, que en ocasiones impone la renuncia a los deseos individuales para adecuarse a las exigencias del grupo[4]. El ‘problema’ está en que Eurípides no solamente da voz  a una mujer, sino a una mujer bárbara; es similar a lo que sucede en Las Toyanas donde a voz de unas extranjeras —Hécuba, Andrómaca y Cassandra— se logra comprender que incluso los vencidos tienen algo que decir. Este argumento parece no haber sido tan bien aceptado en ese entonces; menciona Gómez Espelosín, que «El centro era el mundo conocido, en mayor o menor extensión, desde el que irradiaban todas las miradas hacia el exterior, a veces concretado en un lugar emblemático como el santuario de Apolo en Delfos, situado en la Grecia central. La periferia era, en cambio, un espacio vago y difuso que, más allá de los límites bien conocidos se iba progresivamente difuminando a medida que se alejaba del centro de referencia hasta llegar a los extremos del orbe (…)»[5]. Contra esto protestó Eurípides, así como a partir de Las Euménides la Δίκη (Díkê) parecía tener una doble cara, con respecto a la ley de Zeus y de los humanos; ahora los extranjeros y más aún las mujeres, a través de la obra de Eurípides, aparecen con voz y sabiduría que incluso puede juzgarse superior a la de los helenos. Además se debe mencionar que estas obras se representaban en las Grandes Dionisias donde viajeros y extranjeros iban a la ciudad para ver las obras, y este tipo de obras no ayudaban a la imagen cultural ‘superior’ que debía caracterizar a la cuidad.

La presencia, influencia o tradición de la literatura griega en la actualidad sigue tan presente como en el Renacimiento o en el Clasicismo. Los mitos son la referencia primaria para la literatura y el Arte en general. No sólo están presentes en la tradición literaria, sino que su influencia sobrepasa las asignaturas; Edipo tiene un campo en la psicología, Medea en el cine, innumerables influencias en poesía, en la pintura, escultura, música, etc. ¿pero, por qué volver siempre a estos referentes tan antiguos? en primer término al ser considerada la ‘infancia de la humanidad’, la cultura griega, es el primer referente directo que poseemos junto con la concepción hebrea de la Biblia. En todo arte, la concepción mitológica de la realidad se relaciona con la magia característica del artista en la antiguedad. Esta magia poco a poco parece haber hido desapareciendo para ser reemplazada por el λóγος (lôgos), sin embargo, no puede, en el Arte, dejar de estar presente. En segundo lugar las historias que se narran tanto en mitos como en las tragedias son de una belleza, mesura y precisión que hacen pensar que uno puede remitirse a ellas preferentemente que a obras posteriores o modernas.

El Arte siempre ha sido el resultado de los diferentes ámbitos históricos, culturales; es decir la visión del mundo desde un paradigma diferente al de la historia. Así es que través de los poemas épicos podemos conocer la cultura de aquel lejano entonces. El mito de Prometeo es la explicación por la que el hombre sacrifica los animales para los dioses y puede comerlos. La Ilíada nos muestra el sentido de honor y de valor guerrero, ἀριστεία (aristeia); el menos —del que habla Doods en su libro Los Griegos y lo irracional en el ensayo «La explicación de Agamenón»— que significa la ayuda de los dioses a un ser humano o la cólera de este. Los ciclos épicos y más visualmente la Orestea, Edipo y Antígona nos muestran el demon alástor que trágicamente obstruye la vida de la familia de los Tantálidas y los Labdásidas. La Odisea muestra que los sirvientes tienen tanto honor como los amos, por ejemplo Eumeo. Edipo Rey el tabú mucho antes más aceptado de las relaciones —me refiero al tiempo antes del cual el homínido se aleja de lo instintivo— sexuales intrafamiliares; bajo el mismo paradigma anterior está presente, en Antígona, el enterrar a los muertos. Las Euménides nos hace comprender la creación del areópago que será el símbolo de la instauración del derecho en la sociedad occidental, y de abrir ambos caminos de Δίκη (Díkê): la que propone Zeus y la que va a tomar en primer término al individuo[6], el discurso falso vs. el verdadero propuesto en Las nubes.

Hasta aquí se ha hablado de la tragedia, dejando a la comedia para el final. Aristófanes es el representante de este arte por antonomasia. La etimología de la palabra comedia —menciona Julio Palli Bonet— es dudosa y se ha puesto en relación con «coma» (sueño), «come» (aldea) y «comos» o cortejo festivo que tenía lugar en determinadas fiestas, acepción que parece ser la más acertada. Las nubes junto con Las ranas son las comedias más conocidas de Aristófanes. El segundo libro nos pone frente a una disputa de orden moral y literario entre Esquilo y Eurípides. A mi juicio —y partiendo del hecho que no se puede negar que las obras eran realizadas para hacer reír a los espectadores— la risa en estas dos obras (tendría que revisar las otras no contempladas también) se basa en la ridiculización, usa la herramienta de la hipérbole, de algún rasgo característico de sus personajes. Sin embargo no me pareció muy fidedigna la imagen de Sócrates en Las nubes, tomando a los Diálogos de Platón su más riguroso texto histórico.

Los mitos en la actualidad —menciona Vernant en su ensayo “Razones del mito”— desde el período de entreguerras se interrelacionan entre diferentes campos: la antropología (estudios de Jung), la psicología (estudios de Freud), la música (ópera), no cabe duda, actualmente, de la importancia de la mitología, incluso, para comprender la filosofía. Y aunque el hombre haya dado el salto de la mitos al logos eso no quiere decir que no pueda volver a él; de hecho la escritura y, prácticamente, todo arte requiere de un pensamiento mitológico, metafórico y simbólico. De esta manera se integran dos materias que desde el inicio fueron una, antes de que el mito pase a ser logos; cuando la concepción del mundo era la que está en estos libros analizados. Para que esto siga sucediendo se deben realizar relecturas de las obras, de los mitos. Un ejemplo dentro de la misma cultura griega es que los mitos de los ciclos épicos son llevados al teatro; con un, más bien tres, ‘nuevos elementos’ a los que la esencia misma del género invita —como escribe Aristóteles el La poéticaeleos, phobos y, finalmente, katarsis; desde este punto de vista no se ha perdido el sentido protréptico que tenían los textos anteriores a la tragedia.


[1] Vernant, Jean Pierre. Mito y tragedia en la Grecia antigua. Taurus. Madrid 1989. IV: «El sujeto trágico: historicidad y transhistoricidad», p.86

[2] Gómez Espelosín, Javier. Los griegos un legado universal. Alianza. Madrid 2003, pp 102

[3] Se considera que Eurípides influyó a Sófocles por la presión creativa que ejercía en su oponente para lograr el triunfo. Todas las tragedias de Sófocles, menos dos, fueron escritas para competir con Eurípides el hecho de impedir que el viejo poeta se estancara en su creación.

[4] Esquilo, Sófocles, Eurípides. Obras completas. Cátedra. España 2004, pp 256

[5] Gómez Espelosín, Javier. Los griegos un legado universal. Alianza. Madrid 2003, pp 101-102

[6] De este aspecto habla Jean-Piere Vernant en su ensayo «El momento histórico de la tragedia en Grecia: algunos condicionantes sociales y psicológicos».

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