Transtextualidad en “El crepúsculo de los dioses”

Ya ha mencionado Riffaterre que la «intertextualidad es el mecanismo propio de la lectura literaria». Este ensayo consiste en un análisis basado en los estudios de intertextualidad tanto de Michael Riffaterre como de Gérard Genette. Partiendo del precepto de Riffaterre «El intertexto es la percepción, por el lector, de relaciones entre una obra y otras obras que le han precedido o seguido» voy a analizar la intertextualidad que existe (que encuentro) entre dos textos: Prometeo encadenado de Esquilo, y El crepúsculo de los dioses de Richard Garnett.

El relato de Garnett comienza con el epígrafe: «La verdad jamás decae, pero sus formas exteriores de vieja data se diluyen como la blanca escarcha» que es un aviso del tema que desarrollará el cuento. El primer elemento paratextual es el título de la obra, donde sin dubitaciones se lo relaciona con Crepúsculo de los ídolos de Nietzsche. El epígrafe también cumple una relación paratextual. La relación de metatextualidad en el texto es más una crítica a toda religión que cree tener la razón absoluta; así comienza el texto con una crítica al omnipotente Zeuz, que se transforma en una crítica al cristianismo. Los diálogos internos de la obra podrían considerarse como una relación architextual, por ejemplo:

—¿Quién eres? —preguntó el desconocido.

—¡Por los dioses! ¡Hablas griego!

—¿Qué otra lengua habría de utilizar?

—Preguntas qué otra… Desde que cerré los ojos de mi padre, ¿a quién más escuché hablar la lengua de Homero y de Platón, con excepción de ti?

—¿Quién es Homero? ¿Quién es Platón?

Así vemos no sólo una relación de hipo-hiper texto, sino, también, estructural. La relación de hipertextualidad, a breves rasgos, es muy visible: el hipertexto es El crepúsculo de los ídolos; los hipotextos son la tragedia de Esquilo Prometeo encadenado, Cosmogonía y Los trabajos y los días de Hesíodo. Al final de la obra, Richard Garnett, pone en boca de Prometeo las palabras que Esquilo puso en su personaje, siendo esta la relación intertextual más fuerte.

A través de todo el relato se percibe claramente una relación de heterodiégesis; en vista de que el mito de prometeo sucedió mucho tiempo atrás. El tiempo narrativo de Garnett ocurre en el siglo cuarto de la era cristiana. Sin embargo, el espacio es la Grecia central, como prueba de ello en el relato se menciona: el altar de Apolo, la montaña inaccesible donde cuelga prometeo; menciona el narrador: «Las efigies de Apolo y de las musas habían sido derribadas y eran diligentemente despedazadas con mazos y martillos». Con respecto a la focalización, la relación entre los dos textos es de heterofocalización, en el sentido que, a lo largo del texto, transgrede la concepción clásica de Zeus y en general de todos los dioses; relata el narrador: «Zeus abatió su águila. Hera se comió sus pavos reales. Ya no se escucha la lira de Apolo porque sin duda fue empeñada. Baco bebe agua». También la imagen de un Prometeo enamorado que no se muestra en ningún texto antiguo —aunque se podría decir que estuvo enamorado del hombre, de la humanidad—.

El texto parte con el vuelo del águila —símbolo presente durante la mayor parte de la obra— que representa, junto con la ruptura de las cadenas de Prometeo, el declive de Zeus[1]. Al igual que en ambos hipotextos, Los trabajos y los días y Prometeo encadenado, Prometeo es visto como una víctima. La manera, que al inicio del relato, sabemos o asumimos el tiempo que Prometeo ha estado encadenado es sugerido por el narrador: Vagamente, se sintió en medio de cosas que se habían vuelto maravillosas por la lejanía y la distancia. Posteriormente se produce la ubicación temporal y el desconcierto de Prometeo al escuchar los nombres de Homero y Platón.  Este elemento que se introduce en el cuento puede ser tomado como una relación de intertextualidad, pero de sus autores. La heterofocalización que se percibe en Prometeo es debido a la humanización del dios[2], un Prometeo débil, hambriento.

En un diálogo entre Elenko y Prometeo se encierra un juego de influencias:

—Hombre extraño —contestó la joven— que conoces la lengua de Homero y no a Homero, que reniegas de Zeus y tanto te pareces a él (…).

El hecho está en que Prometeo es un dios que seguramente influyó (o al menos conocían de él) tanto a Homero como Platón. Sin embargo, sin ser precisamente Homero el que relata el mito de Prometeo, el juego consiste en quién es más verdadero; es el poeta quien cantó y dio vida a los dioses. Además lo subjetivo, donde Prometeo al estar encadenado durante miles de años no conoce a los creadores de la literatura, juega con el hecho del tiempo, de la importancia del poeta y del conocimiento. Y esto llevado a un nivel metafísico, como relata el cuento: Por lo tanto, ¿el Hombre es quien hace a la Divinidad?.

Otros elementos intertextuales presentes son la presencia de Io, de Saturno, del mito de las Edades, Marco Aurelio, las Oceánides, Hermes, Urano, Quirón, Aquiles, el cíclope, Cerbero, etc. Pero estos ‘personajes’ aparecen sólo referencialmente en palabras de Prometeo; ninguno tiene presencia excepto Pandora. Sin embargo, al final de la obra, cuando todo se vuelve como un sueño, los dioses toman forma en el relato e incluso tienen relaciones de amistad con Elenko. Para finalizar quiero señalar la importancia del encuentro de dos semióticas en dos culturas diferentes con el símbolo del águila. Para prometeo es quien había roído su hígado, para los cristianos (en el cuento) la relacionaban con el ave de Juan Bautista. También es simbólico el cambio de nombre de Prometeo a Desmotes y la relación de tratar a los griegos como paganos, como ellos lo hacían con los bárbaros.


[1] Garnett relata al inicio de la obra: Ninguna centella desgarró la bóveda de ese límpido cielo; ningún cazador infalible se había aproximado al remoto paraje; pese a lo cual, sin indicaciones de haber sido herida, el águila se precipitó exánime y cayó ininterrumpidamente a través del insondable abismo que se abría abajo.

[2] Prometeo en el cuento dice: Fui enemigo de Zeus; ya no lo soy. El odio inmortal no resulta apropiado para el mortal en que tengo la sensación de haberme convertido.

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