AMOR DE SWANN Y ODETTE EN “POR EL CAMINO DE SWANN” DE PROUST

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El personaje proustiano se construye a través del tiempo. No percibo con certeza cuánto ha pasado desde el inicio de la segunda parte «Un amor de Swann» hasta el final. Pero, se presume que años; pues, solamente al final, el tiempo que demora Swann en reponerse y recordar a Odette con cierta tranquilidad es un año que han estado lejos. Swann aparece ya en la primera parte de Por la parte de Swann. Sin embargo, es un esbozo lo que vemos de él. Casi no se lo toma en cuenta, aunque se siente el interés del narrador por ese personaje, incluso llegando a identificarse desde el punto de vista afectivo femenino: el amor de Odette es para Marcel narrador el amor de su madre. El fin de «Un amor de Swann» parte del problema inicial. Odette quiere acercarse a él y a Swann no le llama la atención. Ella lo lleva a presentar en casa de los Verdurin que, en tanto personaje colectivo, también cambia la visión del narrador, de Swann y del lector; al final del episodio sabemos que usan “máscaras” y se los percibe como personas falsas.

En un inicio Swann aparece desinteresado ante las relaciones sociales (en tanto utilidad); simplemente las ve como mera herramienta para acercarse a las posibles damas de la aristocracia en otros lados. El narrador lo describe de la siguiente manera: «pertenecía a esa categoría de hombres inteligentes que han vivido en la ociosidad y buscan un consuelo y tal vez una excusa en la idea de que ofrece a su inteligencia objetos tan dignos de interés como los que podría ofrecerle el arte o el estudio, que la “Vida” encierra situaciones más interesantes, más novelescas, que todas las novelas juntas». Aparece como un casanova, como si lo que más le importase en la vida fuera la recolección de amantes y que, para ello, usa todas las posibilidades. El primer cambio en el personaje es cuando conoce a Odette.

La visión proustiana de la vida tiene completa relación con el arte. En este episodio es la música la que toma relevancia respecto de las demás expresiones artísticas. Cuando habla de la Sonata para piano y violín de Vinteuil expone las teorías respecto de la apreciación verdadera del Arte de los conocedores y de la originalidad del artista: «¡Ah! Es lo que se dice una obra grandiosa, ¿verdad? No es de las que hacen furor: hay que reconocerlo. Pero a los artistas les causa una impresión inmensa». El episodio de la Sonata de Vinteuil que es la metáfora del amor de Swann y Odette. Al final, la reconoce como «¡Un ave maravillosa!»; para luego llegar a la conclusión: «A partir de aquella velada, Swann comprendió que nunca renacería el sentimiento que Odette había experimentado por él, sus esperanzas de felicidad ya no se materializarían». Asimismo, el cambio en la percepción de Odette —que al inicio le parece completamente opuesta a sus gustos— se da a partir del arte mismo, de la música al relacionar los recuerdos con la sonata de Vinteuil y la imagen de Odette con la Sephora de Botticelli que, por estética, le recordaba el cuadro y, en sí, todo el arte renacentista.

El personaje de Odette es presentado desde la subjetividad de Swann: «el rostro de Odette parecía más delgado y saltón porque la superficie unida y más plana formada por la frente y la parte alta de las mejillas estaba cubierta por la mata de pelo que entonces se llevaba peinado hacia adelante y realzado con rizos postizos, extendido en mechones sueltos a lo largo de las orejas y, en cuanto a su cuerpo, admirablemente bien formado, era difícil —por culpa de las modas de la época y pese a que era una de las mujeres mejor vestidas de París— percibir su continuidad (…)» Las descripciones aparecen como diálogo de pensamiento indirecto que se introducen en la narración. Odette se interesa por Swann y a él lo contrario: «A cualquier hora del día o de la noche en que le venga bien verme, mándeme a buscar y tendré mucho gusto en acudir presurosa» o «Si hubiera usted olvidado su corazón, no le habría permitido recuperarlo», frase que recordará para atormentarse en medio del sufrimiento posterior. La narración nos permite sentir lo que el personaje sintió. En ese momento, el lector, siente indiferencia por Odette, luego sentirá un ligero cariño o empatía por las mismas descripciones empleadas por el narrador y, al final, conmiseración de Swann y un repudio a la maldad de Odette.

En medio del proceso que acabo de describir, Swann cambia varias veces. Al inicio menciona: «Ya no se recibían nunca cartas de él en las que expresara su deseo de conocer a una mujer»; lo que significó haber dejado, por Odette, su modus vivendi. Cuando se enamora de ella, hay cambio incluso a nivel de lenguaje: «Al notar que en muchos casos no podía hacer realidad los sueños de ella, Swann procuraba al menos no contrariarla, no oponerse a aquellas ideas vulgares, a aquel mal gusto que tenía en todo y que, por lo demás, él apreciaba como todo lo que procedía de ella (…)» Desde un punto de vista personal, me resultó interesante conocer la vida elitista y esnob de los conflictos entre los grupos de gente con dinero en los que convive Swann y a los que perteneció Proust.

El personaje evoluciona de manera pausada, como si el tiempo de la narración fuera el preciso para mostrarnos los cambios en determinadas páginas. Cuando se enamora Swann, comienza a sentir el lector un cosquilleo que premedita el fracaso del personaje: «Si le encantaba la visión de un arbusto o de un joyero, al instante pensaba en enviárselos a Odette, al tiempo que la imaginaba experimentando el mismo placer que él y queriéndole más (…)». Estos cuidados extremos o galanteos desesperados del enamorado causan efecto contraproducente en la amada: «Llegó a su casa hacia las once y, cuando se excusó por no haber podido llegar antes, ella se quejó de que fuera, en efecto, muy tarde y no se encontrara bien con la tormenta, le doliese la cabeza, y le avisó de que no iba a retenerlo más de media hora, de que a medianoche lo despediría y, poco después, se sintió fatigada y deseosa de irse a la cama». Al final de la segunda parte, sabemos que esos lapsus en que Odette se ausenta serán momentos en los que traiciona a Swann. Pero, como lo mencioné, el lector sabe lo mismo que el personaje, por lo que va sintiendo con él la incertidumbre, los celos, la impotencia ante la maldad femenina y demás.

Los personajes cambian en tanto subjetividad perceptiva, pero también físicamente: «Físicamente, ella estaba pasando por una mala fase: engordaba y el encanto expresivo y doliente, las miradas de asombro y soñadoras que en otro tiempo exhibía, parecían haber desaparecido junto con su primera juventud. De modo que había llegado a ser tan querida para Swann en el preciso momento, por decirlo así, en que le parecía mucho menos linda».

Lo que relata el episodio son los cambios en la persona durante la letanía amorosa de Swann. El lector siente la impotencia de Swann para alejarse de Odette, y presume, muy en el fondo, que ella no es tan buena como él piensa. El cambio de la figura de Odette viene por asimilación lectora, no por declaración explícita de la narración; los acontecimientos de desamor de la pareja y cómo se niega a ver la realidad. Lo importante en Proust radica en que saca la idea exteriorizable para todos: «Había días incluso en que no lo atormentaba sospecha alguna. Se creía curado. Pero la mañana siguiente, al despertar, sentía en el mismo sitio el mismo dolor cuya sensación había como diluido, durante la víspera, en el torrente de las impresiones distintas», es decir: ¿a quién no le ha pasado lo que acaba de describir Proust?

Aunque los Verdurin ya no admitían a Swann, el ingenio de éste era apreciado en Guermantes del cual se había alejado por Odette que es la promesa de otro tomo de En busca del tiempo perdido. Por otro lado, la neurosis obsesiva de Swann le lleva a conjeturas dispares y, la propia lógica, desemboca en el alejamiento por despecho un poco por convicción, un poco por la carta y los recuerdos.

EUGENIO ONEGUIN de Alexander Pushkin

pushkin-aleksandr-505.siEl origen del hombre superfluo ruso está en el Eugenio Oneguin de Pushkin. Libro que relata los momentos de conversión del personaje desde indiferente hacia cansado. Pushkin será el precursor de toda la tradición del antihéroe superfluo. La obra es un poema largo con estructura de novela, por ello los versos serán quienes narren la historia del adolescente Evgeny. Byron —no tanto Baudelaire— influye en Pushkin al momento de crear su personaje: «muy a la moda el peinado, galán cual dandy londinese»; Mijail Chílikov menciona que «[el] petimetre ruso por el dandysmo inglés data [del] primer decenio del siglo XIX. A diferencia del petimetre del siglo XVIII cuyo modelo era el parisino». Según Chílikov, el dandy parisino cultiva la gentileza refinada, el arte de la discusión de salón y la sabiduría ilustrada; mientras que el inglés, un chocante descuido de las formas y una gran impertinencia en el trato.

El poema es un constante describir a Oneguin y los acontecimientos alrededor suyo. La voz poética, sin duda, pertenece al mismo Pushkin que abiertamente lo expone en varios fragmentos. Resulta interesante la ficcionalización del autor: Pushkin conviviendo y compartiendo el spleen con su creación Oneguin; ambos, hastiados y lentos, mantienen conversaciones sin importancia y recuerdan un pasado que en común dejaron lejos. Parece ser que Eugenio Oneguin es una novela con mucho peso autobiográfico.

Evgeny tiene más spleen al inicio que al final de la novela. Pushkin crea un personaje leve, que no es el más erudito de la historia y, aunque podría ser una suerte de don Juan, tampoco triunfará en ese aspecto, un personaje que se cansará de absolutamente todo. Como si todo lo hiciera a medias, Eugenio, «tenía un don muy apreciable el de hablar de cualquier cosa en los coloquios no profundos, callar con aire entendido en las disputas eruditas y suscitar con epigramas gentil sonrisa de las damas»;  especie de camaleón, se camufla entre intelectuales sin ser notado. Falso erudito que conoce latín cuando ya nadie lo hace y estudia a Adam Smith. Pero, todo aparece a medias en Oneguin, en nada se ha fortalecido ni especializado, su aprendizaje proviene exclusivamente de su nivel sociocultural. Da la impresión de que lo auténtico en él es el talento en «el Arte Amoroso que el gran Ovidio cantase»; en lo que, al final del poema, también fracasa.

El fracaso de Oneguin, sin embargo, es producto de su orgullo. En determinado momento, el spleen se extiende hasta al amor. El personaje tomará una posición tajante respecto a los sentimientos, volviéndose indolente e indiferente a cortejos y, aunque la carta de Tatiana remueva algo su interior, la visión del amor de Eugenio es completamente pesimista: «por mucho que a usted le amara / le dejaría de amar, / acostumbrado al sentimiento; / usted entonces lloraría / sin ablandarme; al contrario, / sus lagrimas me enrabiarían».

Si al inicio exclama respecto a las mujeres: «cuánto me embriagan, ya ocultas / por el mantel de una mesa, / ya sobre el tierno terciopelo / del verde prado o junto al fuego / de chumenea o sobre el suelo / de un salón o junto al mar, / pisando rocas de granito», el fácil alcance donjuanesco, se tornará en su contra aburriéndolo. Ese será el nudo de la historia por donde Pushkin termina la novela, olvidando lo indolente y superfluo que era su personaje.

Es común encontrar a Eugenio en cama hasta tarde, precursor del prototipo de personaje gandul ruso, Oneguin es el primer oblómov, aunque las razones sean distintas, pues el de Pushkin pasa su vida de baile en baile y es por eso que se levanta pasado el medio día. Siempre está rodeado de lujo, las descripciones de los espacios y los alimentos son suntuosas: «le sirven trufas deliciosas, / manjar de la cocina gala / (…) / roast-beef con sangre humeante / foie gras traído de Estrasburgo / y, junto al oro de la piña, / el queso tierno de Limburgo». Sin embargo, luego de los excesos del personaje, el espacio se vuelve estático y, tanto Eugenio como la voz poética, no salen de sus aposentos; el silencio se presenta en la obra en contraste de la fiesta de versos anteriores.

En la estrofa XXXVII comienza el cambio del personaje que siente algo parecido al spleen, «el ajetreo del gran mundo / ya lo tenía fastidiado; / mujeres bellas ya dejaron / de ocupar sus pensamientos; / ya se sentía fatigado / de traiciones (…)». Desde ahí, siente fastidio por todo lo que pasa a su alrededor, la lectura le da hastío, aburrimiento, por lo que intenta escribir, «Mas el trabajo tesonero / le fastidiaba, resultando / su pluma estéril», dato que retomará el Oblómov de Goncharov.

En la misma estrofa, la voz poética y Eugenio son amigos, reflexionan sobre el pasado, ambos con desdén. Oneguin es descrito como hipocondríaco; enfermedad que, poco a poco, se apodera de él: «Andaba la hipocondría / tras suyo siempre como sombra / o como fiel mujer celosa» y se instala en lo cotidiano que mucho pertenece a la tradición de los indolentes y superfluos: «Las caminatas, la lectura, / el sueño quieto, el susurro / de los riachuelos, la umbría / de bosques, una que otra vez / un beso cálido y fresco / de alguna moza ojinegra, / un brioso y dócil alazán, / un buen almuerzo, un vino fino, / la soledad campestre: así / de recogida y casi santa / la vida era de Oneguin. / En la molicie sumergido, / perdió la cuenta de los días / del cálido verano; nunca / se acordaba del gran mundo, / de la ciudad, de los amigos, / del tedio que le producían / las diversiones de otrora». El personaje desemboca en la sinrazón de vivir, pero por más existencial que suene, no lo es del todo, pues para Pushkin, este estado es consecuencia de la falta de amor.

En la última estrofa, Pushkin, retoma lo que dejó plantado en la primero: la fiesta. El resto de la novela ha sido pura digresión, se entretuvo con las piernas esbeltas de las mujeres y luego con muchos acontecimientos que dilatan la novela en prosa y la bifurcan, la distraen de su centro. La voz poética menciona «[las] traiciones de antaño / me enseñaron a enmendar / los yerros de mis juventudes / y a limpiar de digresiones / la quinta parte de mi obra» y aunque lo diga no es así, porque más de media novela pasa sin hablar de Oneguin. Lo superfluo —lo que nos importa—, es Eugenio en la fiesta, imperceptible, invisible, como una presencia menos que un fantasma. Superfluo cuando la voz poética se pregunta «¿quién será aquel extraño / que permanece taciturno / en medio de esa muchedumbre?» y claro, es nuestro héroe. Al final, Eugenio, se enamora de Tatiana (a la que antes había rechazado) y, siendo esta vez rechazado él, volverá a leer «todo cuanto caía en sus manos», volverá a vivir por ella y por el amor que lo sacude. Al igual que la tradición que parte de Eugenio Oneguin, al personaje no le queda otra opción más que fracasar, incluso en lo que antaño era perito.