EUGENIO ONEGUIN de Alexander Pushkin

pushkin-aleksandr-505.siEl origen del hombre superfluo ruso está en el Eugenio Oneguin de Pushkin. Libro que relata los momentos de conversión del personaje desde indiferente hacia cansado. Pushkin será el precursor de toda la tradición del antihéroe superfluo. La obra es un poema largo con estructura de novela, por ello los versos serán quienes narren la historia del adolescente Evgeny. Byron —no tanto Baudelaire— influye en Pushkin al momento de crear su personaje: «muy a la moda el peinado, galán cual dandy londinese»; Mijail Chílikov menciona que «[el] petimetre ruso por el dandysmo inglés data [del] primer decenio del siglo XIX. A diferencia del petimetre del siglo XVIII cuyo modelo era el parisino». Según Chílikov, el dandy parisino cultiva la gentileza refinada, el arte de la discusión de salón y la sabiduría ilustrada; mientras que el inglés, un chocante descuido de las formas y una gran impertinencia en el trato.

El poema es un constante describir a Oneguin y los acontecimientos alrededor suyo. La voz poética, sin duda, pertenece al mismo Pushkin que abiertamente lo expone en varios fragmentos. Resulta interesante la ficcionalización del autor: Pushkin conviviendo y compartiendo el spleen con su creación Oneguin; ambos, hastiados y lentos, mantienen conversaciones sin importancia y recuerdan un pasado que en común dejaron lejos. Parece ser que Eugenio Oneguin es una novela con mucho peso autobiográfico.

Evgeny tiene más spleen al inicio que al final de la novela. Pushkin crea un personaje leve, que no es el más erudito de la historia y, aunque podría ser una suerte de don Juan, tampoco triunfará en ese aspecto, un personaje que se cansará de absolutamente todo. Como si todo lo hiciera a medias, Eugenio, «tenía un don muy apreciable el de hablar de cualquier cosa en los coloquios no profundos, callar con aire entendido en las disputas eruditas y suscitar con epigramas gentil sonrisa de las damas»;  especie de camaleón, se camufla entre intelectuales sin ser notado. Falso erudito que conoce latín cuando ya nadie lo hace y estudia a Adam Smith. Pero, todo aparece a medias en Oneguin, en nada se ha fortalecido ni especializado, su aprendizaje proviene exclusivamente de su nivel sociocultural. Da la impresión de que lo auténtico en él es el talento en «el Arte Amoroso que el gran Ovidio cantase»; en lo que, al final del poema, también fracasa.

El fracaso de Oneguin, sin embargo, es producto de su orgullo. En determinado momento, el spleen se extiende hasta al amor. El personaje tomará una posición tajante respecto a los sentimientos, volviéndose indolente e indiferente a cortejos y, aunque la carta de Tatiana remueva algo su interior, la visión del amor de Eugenio es completamente pesimista: «por mucho que a usted le amara / le dejaría de amar, / acostumbrado al sentimiento; / usted entonces lloraría / sin ablandarme; al contrario, / sus lagrimas me enrabiarían».

Si al inicio exclama respecto a las mujeres: «cuánto me embriagan, ya ocultas / por el mantel de una mesa, / ya sobre el tierno terciopelo / del verde prado o junto al fuego / de chumenea o sobre el suelo / de un salón o junto al mar, / pisando rocas de granito», el fácil alcance donjuanesco, se tornará en su contra aburriéndolo. Ese será el nudo de la historia por donde Pushkin termina la novela, olvidando lo indolente y superfluo que era su personaje.

Es común encontrar a Eugenio en cama hasta tarde, precursor del prototipo de personaje gandul ruso, Oneguin es el primer oblómov, aunque las razones sean distintas, pues el de Pushkin pasa su vida de baile en baile y es por eso que se levanta pasado el medio día. Siempre está rodeado de lujo, las descripciones de los espacios y los alimentos son suntuosas: «le sirven trufas deliciosas, / manjar de la cocina gala / (…) / roast-beef con sangre humeante / foie gras traído de Estrasburgo / y, junto al oro de la piña, / el queso tierno de Limburgo». Sin embargo, luego de los excesos del personaje, el espacio se vuelve estático y, tanto Eugenio como la voz poética, no salen de sus aposentos; el silencio se presenta en la obra en contraste de la fiesta de versos anteriores.

En la estrofa XXXVII comienza el cambio del personaje que siente algo parecido al spleen, «el ajetreo del gran mundo / ya lo tenía fastidiado; / mujeres bellas ya dejaron / de ocupar sus pensamientos; / ya se sentía fatigado / de traiciones (…)». Desde ahí, siente fastidio por todo lo que pasa a su alrededor, la lectura le da hastío, aburrimiento, por lo que intenta escribir, «Mas el trabajo tesonero / le fastidiaba, resultando / su pluma estéril», dato que retomará el Oblómov de Goncharov.

En la misma estrofa, la voz poética y Eugenio son amigos, reflexionan sobre el pasado, ambos con desdén. Oneguin es descrito como hipocondríaco; enfermedad que, poco a poco, se apodera de él: «Andaba la hipocondría / tras suyo siempre como sombra / o como fiel mujer celosa» y se instala en lo cotidiano que mucho pertenece a la tradición de los indolentes y superfluos: «Las caminatas, la lectura, / el sueño quieto, el susurro / de los riachuelos, la umbría / de bosques, una que otra vez / un beso cálido y fresco / de alguna moza ojinegra, / un brioso y dócil alazán, / un buen almuerzo, un vino fino, / la soledad campestre: así / de recogida y casi santa / la vida era de Oneguin. / En la molicie sumergido, / perdió la cuenta de los días / del cálido verano; nunca / se acordaba del gran mundo, / de la ciudad, de los amigos, / del tedio que le producían / las diversiones de otrora». El personaje desemboca en la sinrazón de vivir, pero por más existencial que suene, no lo es del todo, pues para Pushkin, este estado es consecuencia de la falta de amor.

En la última estrofa, Pushkin, retoma lo que dejó plantado en la primero: la fiesta. El resto de la novela ha sido pura digresión, se entretuvo con las piernas esbeltas de las mujeres y luego con muchos acontecimientos que dilatan la novela en prosa y la bifurcan, la distraen de su centro. La voz poética menciona «[las] traiciones de antaño / me enseñaron a enmendar / los yerros de mis juventudes / y a limpiar de digresiones / la quinta parte de mi obra» y aunque lo diga no es así, porque más de media novela pasa sin hablar de Oneguin. Lo superfluo —lo que nos importa—, es Eugenio en la fiesta, imperceptible, invisible, como una presencia menos que un fantasma. Superfluo cuando la voz poética se pregunta «¿quién será aquel extraño / que permanece taciturno / en medio de esa muchedumbre?» y claro, es nuestro héroe. Al final, Eugenio, se enamora de Tatiana (a la que antes había rechazado) y, siendo esta vez rechazado él, volverá a leer «todo cuanto caía en sus manos», volverá a vivir por ella y por el amor que lo sacude. Al igual que la tradición que parte de Eugenio Oneguin, al personaje no le queda otra opción más que fracasar, incluso en lo que antaño era perito.