SOBRE BROOKLYN FOLLIES DE PAUL AUSTER

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La primera vez que leí a Paul Auster fue a los dieciséis años. Mi primer acercamiento a la literatura del norteamericano fue El palacio de la luna; como recuerdo, puedo dar fe de que algo había entre sus páginas, algo inasible que no alcancé a vislumbrar y que lo resumí (de manera impresionista) como “un buen libro”. Han pasado ocho años desde entonces y, un poco con vergüenza, confieso que no volví a leer nada de Auster hasta Brooklyn Follies que es el texto del que voy a hablar a continuación.

La historia en general es un reencuentro con el pasado desconocido. El personaje vuelve a morir al lugar donde nació y vivió hasta los tres años. Hay dos textos paralelos en principio. El acto de creación, es un viaje a los recuerdos del personaje principal que, con humor, lo entremezcla e intercala a la narración. Y no solo en tanto historias, también desde el punto de vista temporal, los saltos al pasado (o analepsis) están en constante digresión de la historia “presente”. Los cambios de dirección de la anécdota son inesperados. Otro espacio narrativo es el del libro de Nathal: Libro del desvarío humano; en el cual, de vez en cuando, nos lleva al espacio del recuerdo ficcionado. Y por más que el personaje sea un escritor, su relación con la literatura no es tan seria como olvidadiza. Los espacios en Brooklyn Follies están llenos de libros, y el “espacio físico” del libro también, pues las narraciones de las páginas tienen muchas referencias a escritores como Poe, Witchestein, Thoreau.

En tanto estructura, llama la atención el capítulo “Cenando y bebiendo”, donde Auster emplea el diálogo teatral, lo que quiere decir que el tiempo se dinamiza y concretiza a lo que duraría la conversación en la realidad. Otro empleo temporal es cuando el recuerdo se disgrega dilatado en la narración mientras el personaje, por ejemplo, espera que conteste una llamada; es como un narrador omnisciente que se entromete en lo que está contando Nathal.

Auster tiene mucho apego a la novela negra. En Trilogía de Nueva York podemos ver esta tendencia. También en Brooklyn Flollies que toma un giro de tinte policiaco en busca de Aurora, la madre de Lucy. Es característica en algunos libros de Auster, la reivindicación del azar imposible, de las coincidencias inverosímiles; no solo en Trilogía de NY y Brooklyn Follies, sino también, y sobre todo, en El cuaderno rojo, donde se nota esta tendencia a la que el lector se acostumbra, dejando de ser un error. Hay elipsis durante todo Brooklyn Follies; el relato se basa en lo inesperado y en una retahíla de coincidencias que a fin de cuentas no chocan lo verosímil.

Otro espacio aparece respecto a lo excluido de los personajes David y Aurora, quienes huyen de la ciudad y se entregan a una vida puritana y absurda extrema, dirigida por una religión de pocos seguidores. Este espacio representa la pureza de lo rural, opuesta a la perversión de la ciudad, de Nueva York o Broklyn, que son el centro del mundo y del pecado. Pero el capítulo de Aurora con el reverendo muestra lo contrario y es una crítica a todas las nuevas religiones lobotómicas que están de moda en Estados Unidos.

Al final del libro el dinamismo propio de la narración toma un impulso de carrera que lleva a acontecimientos sueltos y que pretende resolver o hilar de manera brusca y rápida. El tiempo había transcurrido dentro de la historia, pero al final se le escapa la madeja y parece atar cabos sueltos para finiquitar la historia de manera poco razonable; no con ese aire propio de arquitectura bien pensada, sino con ese ímpetu del carrerista que quiere terminar la última vuelta.

Hay que mencionar que la enfermedad que tiene el personaje es una enfermedad moderna: cáncer. El final de la novela transcurre en un hospital, también de paso como puede ser una parada de autobús. La camilla es el símbolo de lo pasajero, al igual que el hospital. En el capítulo final La cruz marca el lugar la temporalidad o contextualización histórica que hace Auster es abrupta y fuera de contexto. Tiene que ver con el halo de muerte final, pero el hecho de terrorismo en Nueva York es algo que solo serviría para saber la temporalización del relato y más bien es arbitrario.

Santiago Peña Bossano

CIENCIA DEL ENAMORAMIENTO

Ahora que se ha enfriado el tiempo de San Valentín puedo hablar libremente del amor. Desde siempre el hombre se ha preguntado: ¿Qué rige la conducta amorosa? ¿El enamorado ‘actúa’ con el corazón o con el cerebro? ¿Por qué personas ‘inteligentes’ hacen barbaridades estando enamoradas? La respuesta no es fácil; médicos, psicólogos, filósofos han gastado tiempo y meditaciones sobre el tema…, les invito a un pequeño recorrido por algunas teorías interesantes sobre el Amor.

Cuando decimos que el enamorado no razona, mas bien actúa con el corazón, no estamos lejos de una teoría del amor. Empédocles, propuso que el corazón es el principal coordinador de los procesos mentales; opuesto a él, Alcmeón, que es el cerebro. Ambas hipótesis (cardíaca y cerebral) suelen asociarse a la actitud de las personas en las relaciones de pareja. El amor comienza con la atracción que es la actitud positiva o negativa hacia el otro. Sentimos atracción por un amigo, potencial pareja o familiar; empieza cuando nos sentimos bien con alguien, cuando asociamos a esa persona con momentos gratificantes o sentimientos positivos y, muchas veces, compartimos intereses comunes.

La teoría del apego propone que las relaciones amorosas parten de la primera relación madre-hijo. Reconozcan este cuadro: un niño de dos años se le separa de su madre; al inicio protesta, llora y la busca, después esta reacción se entremezcla con pasividad y expresiones de tristeza para al final ignorarla, evitando a su madre cuando regresa. Si cambiamos al niño de dos años por un o una adolescente de quince y la ausencia de la madre por la ausencia del ser amado, tenemos completo el cuadro que plantea la teoría del apego. Para ellos, la relación con la madre en la primera infancia sienta la base para las relaciones interpersonales durante toda la vida. Pero nosotros no elegimos cómo se portará nuestra madre, por lo que esta teoría nos ubica en una posición potencialmente trágica. Para Hazen y Shaver es la experiencia vivida en la primera relación amorosa la que determina el comportamiento y las actitudes que el individuo tomará en las posteriores; posición igualmente trágica que la anterior, porque cuando uno se enamora por primera vez, no es consciente de los ‘peligros’ del amor.

Es indudable que el elemento principal en las relaciones es la comunicación; la Escuela de Palo Alto en California, la divide en análoga y digital. La comunicación análoga es la no verbal, instintiva, respuestas que no se controlan como ponerse rojo ante un halago; mientras que la digital, es la verbal, se puede fingir y usarla para determinado fin, como en la adulación. Para una adulación exitosa se debe analizar al sujeto, conocer sus intereses (no los nuestros), sus gustos particulares y alabarlos; pero hay que tener en cuenta que la adulación no funciona cuando se abusa de ella, si el adulado presiente falsedad en las palabras, se desbarata el hechizo.

La hipótesis del acoplamiento físico propone que las personas buscan parejas que se asemejen a su aspecto físico, alguien que esté ‘al alcance de las posibilidades’ o que tengan mayor probabilidad de aceptación; en cambio la hipótesis del acoplamiento general considera que son más importantes las similitudes sociales. Pero ustedes dirán: ¿y esas mujeres jóvenes y hermosas que están con viejos horribles? Berscheid, Walster y Bohrnstedt mencionan que puede haber intercambio de cualidades, el ejemplo clásico es: belleza por dinero.

Robert J. Sternberg desarrolló en 1986 la teoría factorial del amor. La estructura básica del amor está compuesta por tres factores: factor intimidad, factor pasión y factor de decisión de compromiso. La intimidad es la proximidad de la pareja, la conexión existente; consiste en comunicar los sentimientos, compartir las posesiones, apoyo emocional. La pasión es el impulso sexual que comparte la pareja, la atracción física; se expresa abrazando, besando, acariciando al sujeto. La decisión de compromiso tiene que ver con el tiempo que la pareja quisiera estar unida en la relación; se expresa mediante fidelidad, estando en momentos difíciles y en el matrimonio. De la combinación de los tres componentes, propone Sternberg, surgen los tipos de amor: simpatía (sólo intimidad), loco de amor (sólo pasión), amor vacío (sólo decisión de compromiso), amor romántico (ausente la decisión de compromiso), amor de compañía (ausente la pasión), amor necio (ausente la intimidad) y amor consumado (todos los factores presentes). Un buen ejemplo de amor romántico es Romeo y Julieta. El amor de compañía es el clásico matrimonio donde no hay más atracción física. La simpatía es la relación de amigos.

Pero entonces ¿cuál es el móvil del amor? ¿es puramente químico, fisiológico o tiene una fuerte determinación psicológica? ¿Influye, como proponen los psicólogos sociales, el entorno? Pelee y Bradsky comparan el sentimiento del amor con el de la adicción y suena razonable. Sin embargo, este problema es tan difícil de determinar que ni los científicos durante la historia han llegado a un común acuerdo. Platón resolvió el dilema con lo que actualmente se conoce como la búsqueda de la ‘media naranja’, una visión esperanzadora; pero ¿qué tal si no es más que un velo que nos pone la naturaleza para procrear y, como medita Schopenhauer, «sólo se trata de que cada macho se ayunte con su hembra»?, tampoco es una idea del todo descabellada.

Santiago Peña Bossano

Mitología aborigen

Resulta muy difícil rastrear el origen mitológico con el que iniciaría la literatura ecuatoriana; al parecer, entre conquistas y saqueos, nuestras raíces se sincretizaron y su cosmogonía inicial fue difuminándose con el paso de la historia. Lo más fácil, en este punto, es ‘pertenecer’ a los conquistadores: Incas. Pero, ¿dónde quedan los testimonios de las culturas que poblaron nuestras tierras antes de las conquistas? Me refiero, por ejemplo, al mundo Shuar, Huaorani, Chachi, Záparo, Cofán, Siona-Secoya, Tsáchila.

La comunicación y perpetuación del pensamiento, literatura y cosmovisión de las culturas que se desarrollaron en nuestro territorio fue oral, al igual que en el inicio de las grandes civilizaciones orientales y occidentales; sin embargo, nuestros antecesores afrontaron varias derrotas, enfrentamientos entre culturas vecinas y, a mayor escala, la debacle causada por los españoles. No hubo aquí un visionario como Bernardino de Sahagún quien recoja los testimonios o un Pisístrato que compendie la mitología oral; así, abandonado quedó un paradigma cultural que hubiese podido sumarse a los ya investigados.

Los mitos puros —escribe Abdón Ubidia— sólo funcionan en plenitud, en el seno de las denominadas “sociedades primitivas”, ajenas por completo a la noción de progreso y que tienden a permanecer en sí mismas, sin modificarse[1]. La concepción mitológica del mundo es un medio de explicación para los ‘fenómenos’ que no pueden comprender y que sólo encuentran explicación desde una perspectiva mágica; donde el sacerdote era el artista que se comunicaba con los dioses y el portador de la divinidad. A través de los mitos, el lector se acerca a las explicaciones que nuestros ancestros dieron a la creación de la tierra, de la mujer, la presencia irrefutable de la muerte, las canas (Siona-secoya), etc.; un viaje en el tiempo desde el cual volvemos a lo inicial, donde la magia ronda el pensamiento humano. Manuel Espinoza Apolo menciona que los mitos expresan el continuo proceso de aprehensión del mundo por parte de una colectividad determinada, por lo que representan la manifestación más palpable de su cosmovisión y sabiduría[2].

El pensamiento de los záparos, para quienes el mundo es un círculo dividido en tres partes, recuerda a los mitos hebreos, griegos, egipcios. No se tiene total certeza si los mitos se sincretizaron con la venida de los españoles o si perduró su cosmovisión inicial; pero no sólo en los záparos se encuentra esta división tripartita, sino también en el mundo siona-secoya, cofán, achuar, huaorani, shuar. Es harto sabido que existe en la mayoría de las civilizaciones un relato referente al diluvio universal; en las culturas cañari, huaorani, quijos, shuar y tsáchila es narrado este acontecimiento, desde diferentes paradigmas, cada cual aportando con sus elementos culturales característicos, por ejemplo los huaoranis —quienes conciben el diluvio como descuido y desobediencia del hombre—: Un hombre debía cuidar el canal por donde pasa el agua; pero un día lo abrió y el agua desbordada produjo la inundación.

La creación de la mujer en la cultura shuar puede tomarse como una perspectiva diferente de los mitos que se conocen al respecto, una contribución a la literatura universal: Kunchikiai comenzó a tratar a un niño como si fuera una mujer. Luego le puso como vagina una pepita babosa llamada nukaip, y formó los senos con dos naranjillas gruesas llamadas muntsú. Esta metamorfosis a partir del hombre, como explicación a la creación de la mujer, está presente también en un mito de los cofanes: En el tiempo inicial no había  mujeres, sólo tres hombres. Uno se fue a la selva a cazar y los dos se quedaron en la casa. Uno de ellos hizo de mujer y tuvieron relaciones. “Después se sentaron uno al lado de otro. Cuando el que hizo de hombre se volteó, vio que el otro se había hecho mujer”. Algunos testimonios mitológicos, leyendas y cuentos de la cultura quichua —que no ha sido contemplada dentro del ensayo— se encuentra en Taruca, publicación de Fausto Jara y Ruth Moya.

Dentro de los mitos podemos rastrear que el mundo —dentro de la cosmogonía Tunibamba— es creación del hijo de Dios que desobedeció al Padre: “Las estrellas vienen de Taita Diosito, Dios Hijo pidió al Taita que le regalara este mundo, el Taita se negó, pero igual vino y sin permiso creó todas las cosas. Como los enemigos le perseguían en su tarea de crear, Dios Hijo se convertía en animal, en borrego, en gallo para esconderse y así creó los animales”[3].

Gracias al trabajo de algunos investigadores se han podido rescatar varios elementos perdidos en el olvido pertenecientes a las culturas ecuatorianas. ¿Tiene real importancia dedicar una vida a la investigación de estas culturas? ¿Es justo silenciar a los más pequeños frente a los más grandes? ¿Son las pirámides egipcias de mayor importancia histórica que las pirámides nubias, mayas, aztecas o que las pirámides de Java? Lévi-Strauss ha respondido a las preguntas antes formuladas con una frase que se encuentra en su libro Antropología estructural: “los hombres siempre han pensado igualmente bien”; oponiéndose de manera tajante a la propuesta de Lévy-Bruhl que establecía al pensamiento mitológico “como una etapa de la historia del pensamiento humano, expresión de formas prelógicas o infantiles”. Oswaldo Encalada Vásquez menciona al respecto que “Cada cultura ve —y conceptúa— el mundo de acuerdo con sus patrones culturales y sus necesidades propias”[4]. Por lo tanto todas las culturas tienen su valor y riqueza  propios, como cada persona, también, es importante como individuo.

En la cultura maya, antes del interés de algunos científicos —menciona Nikolai Grube—, nadie sabía nada de las grandes ciudades, nadie conocía los nombres de los viejos reyes; pero a partir del vehemente interés de antropólogos, sociólogos, historiadores sacaron de la oscuridad una de las civilizaciones más importantes  de la humanidad. Si bien es cierto, las culturas que se desarrollaron en el territorio ecuatoriano fueron mucho más pequeñas, eso no resta importancia ni riqueza de pensamiento, la sabiduría que pudieron tener sus sacerdotes, los ritos que seguramente realizaban. ¿Por qué no emprender la búsqueda de lo que somos o, más precisamente, fuimos?

 


[1] Ubidia, Abdón. Cuento popular ecuatoriano. Antares. Quito. 1993, pp 71

[2] Espinosa Apolo, Manuel. Duendes, aparecidos, moradas encantadas y otras maravillas. Memoria. Quito. 1999, pp 9

[3] Rueda, Marco S.I. Cuaderno de antropología 1: Mitología. Ediciones PUCE. Quito, pp 83

[4] Encalada Vásquez, Oswaldo. Mitología ecuatoriana. CEN. Quito. 2010, pp 9